ART IS NOT A CRIME 1977-1987

ART IS NOT A CRIME 1977-1987
Así ha llamado Henry Chalfant a la exposición que recoge la época dorada del graffiti en Nueva York

Henry Chalfant nació allá por 1940 en Estados Unidos, y durante la década de los 70 decidió enfocar su vida al cine y la fotografía para documentar el surgimiento de la cultura Hip Hop en Nueva York, centrando su labor en la vertiente del graffiti. Especialmente si estos cubrían trenes.  Durante su carrera ha filmado múltiples documentales entre los que destaca el clásico Style Wars, promotor de ansias artísticas entre jóvenes de todo el mundo y que en esta exposición celebra su 35 aniversario.

El CEART de Fuenlabrada ha sido el espacio elegido para acoger esta obra retrospectiva dividida en dos partes bien diferenciadas. La estructura que presagiaba la entrada a una cochera nada más doblar la primera esquina, conseguía atrapar tu atención casi por inercia. Recreaciones de trenes pintados a escala real se repartían el protagonismo de la primera sala junto a dos paredes llenas al completo de unos 500 modelos más de trenes, recogidos durante los 10 años de trabajo de Henry, y a llamativos bocetos en papeles bajo mesas acristaladas. Como los que seguro que tantos hemos hecho y rehecho perfeccionando la técnica en clase o en la encimera de casa con música de fondo. La segunda parte de la exposición, una planta más arriba, consistía en una selección de fotografías que además de continuar con las referencias a los escritores, introducía también el nacimiento y posterior desarrollo de la figura del DJ o del MC, y de los breakers, que empezaban a bailar entorno a un sonido que se iba conociendo y definiendo a sí mismo poco a poco. En definitiva, una auténtica máquina del tiempo capaz de atraer a puristas nostálgicos y a jóvenes inquietos por las raíces de ese árbol que hoy no para de crecer. Tuvimos la suerte de coincidir en la exposición con Kell, fiel representante y partícipe de esos años dorados para el graffiti en la ciudad de Nueva York. Desde el sur del Bronx, fue uno de los conocedores desde bien cerca del trabajo de Henry. Varios de sus modelos, de hecho, se encontraban expuestos allí. El poder intercambiar sensaciones con él nos permitió conocer más en profundidad aquella época, quién mejor que uno de los que pasaron tantas noches entre andenes entre los 70 y los 80 para dar testimonio.

Kell empezaba hablándonos de esos escritores que le inspiraron a él, señalando en la pared modelos de Lee con añoranza. Nosotros tratábamos con él como uno de los pioneros del movimiento, pero él mismo reconocía que fueron muchos los que sirvieron de inspiración antes que él, durante la década de los 70. Parece que fue ayer.

Desde el principio quiso que viéramos la distinción entre “write” y “paint”, como expresaba en su lengua nativa. La primera palabra hacía referencia a las firmas, diseños simples sin relleno ni tamaño, que cualquiera podía llevar a cabo, tackeos en definitiva. Pero eso no era precisamente lo que ellos concebían como graffiti. Con la segunda, se refería a todos esos escritores que se trabajaban un modelo llamativo y visible a larga distancia y que lo plasmaban en el lateral de un vagón para verlo rodar por la mañana. Con esta diferenciación Kell revalorizaba la labor de los escritores, distinguiéndola como algo que no cualquiera podía hacer con un par de botes de pintura.

La primera palabra hacía referencia a las firmas, diseños simples sin relleno ni tamaño, que cualquiera podía llevar a cabo, tackeos en definitiva. Pero eso no era precisamente lo que ellos concebían como graffiti.

Le preguntamos por la época dorada del graffiti, si creía que ya había pasado o si aún estaba por llegar. Su respuesta fue clara, hubo 4 años claves en el desarrollo de lo que hoy conocemos como graffiti, en los que precisamente él estaba activo. Del 78 al 82, la “Golden era” de los escritores. En ningún momento calificó esta etapa como mejor que cualquier otra, solo especificaba que había ciertos rasgos en la forma de hacerlo durante esos años, que la convertían en la más representativa para fieles que llevan tantas décadas en el juego como él. Las rutinas que seguían discernían bastante de las actuales. Comentaba como llegaban a las cocheras sobre las 12 de la noche y fácilmente permanecían allí hasta las 3 o las 4 de la mañana. El graffiti estaba poco extendido y consecuentemente la vigilancia era escasa, lo cual facilitaba que dedicaran más tiempo a sus piezas, evitando prisas o presiones excesivas. Y además favorecía la calidad y el acabado final del trabajo. Por eso no era raro ver vagones rellenos al completo, con grandes dibujos acompañando a las imprescindibles letras y con multitud de colores y formas mejorando el diseño. Al igual que ahora, siempre ha sido importante inmortalizar el momento y la obra, y Kell comentaba que en esa época también llevaban cámaras, pero eran pequeñas y no destacaban por su calidad de imagen, lógicamente. Una bonita forma de otorgarle indirectamente un valor incalculable a la obra de Henry durante todos esos años, y por supuesto a su impecable conservación a lo largo del tiempo.

También le preguntamos si en algún momento había habido una causa social detrás del graffiti, un mensaje que transmitir. Ya que actualmente en ocasiones parece una banal batalla de egos y nombres sin demasiado contexto. Satisfecho con la pregunta nos decía orgulloso que sí. Y para contextualizar este hecho nos llevaba a otra diferencia básica con el graffiti actual. Ahora mismo cualquiera puede pintar, coge algo de dinero, o lo pide a sus padres, busca una tienda, y elige los colores convenientes. Seas quién seas, vivas la situación que vivas y tengas las ideas que tengas. Pero antes no era así. El graffiti tiene un origen humilde, como no podía ser de otra manera. Eran los jóvenes de los barrios más pobres, los que tenían situaciones más complicadas en casa o llevaban vidas desestructuradas los que se interesaban por esta cultura. Por eso se fueron generando instintivamente una serie de sanos valores en torno a este movimiento. Así nos enseñaba vagones con mensajes políticos y sociales que destacaban entre todos los alias. Relacionados por ejemplo con la guerra de Vietnam o la Guerra Fría frente a la Unión Soviética que primaban en esos años. Como este “Stop the bomb”.

Es posible entonces que pensemos en el dinero necesario para realizar cada pieza al ver estos vagones, y la cantidad de colores usados. No hizo falta preguntar, Kell nos decía que esto era posible porque todos robaban los botes, era impensable para chicos sin apenas ingresos de barrios obreros o discriminados gastarse 3 euros en cada lata para conseguir llenar un vagón. Sonaba a risa. Comentaba que solo el 1% de los que pintaban en esa época, por decir algo, compraban la pintura, y que a estos se les trataba de toys, textualmente. Por eso choca tanto con la situación actual en la que hay pocas maneras de pintar si no es pagando por los botes, y muchas veces significa que la gente de barrio no puede costearse este vicio, o simplemente creen conveniente invertir el dinero en otra necesidad, y son jóvenes adinerados o con situaciones más cómodas y favorables los que se lanzan a pintar. Otras muchas no, seguro.

Puede que esto tenga algo que ver con los recientes acontecimientos que han tenido lugar en el metro de Madrid, que en ocasiones dan la sensación de una progresiva pérdida de los valores originales. Tras hacer a Kell conocedor de estos hechos, este no pudo mostrarse identificado con este tipo de actos. Ellos no paraban trenes en circulación con gente dentro porque su objetivo no era ese, su objetivo no era causar el máximo destrozo posible, decía, sino crear una obra con la mayor tranquilidad posible y disfrutar al verla por la mañana circulando. Esa era la esencia para él, aunque no podemos negar que los condicionantes y las facilidades han cambiado.

Ahora mismo cualquiera puede pintar, coge algo de dinero, o lo pide a sus padres, busca una tienda, y elige los colores convenientes. Pero antes no era así

Al igual que el graffiti se ha separado en cierta medida de los barrios humildes, también da la sensación de que se ha ido distanciando del rap. Hay mucha gente que pinta y no escucha rap y muchos que escuchan rap, pero no pintan. Por eso quisimos preguntarle a Kell si en los inicios era diferente y existía una unión más sólida. Su respuesta nos sorprendió. El graffiti apareció varios años antes que el rap, Kell contaba que él se había criado escuchando lo que sonaba en casa, Marvin Gaye, algo de jazz, etc. Pero nunca se sintió identificado con un sonido boom bap que le pudiera inspirar a pintar. Las fiestas donde empezaban a aparecer djs y mcs fueron surgiendo más adelante, pero no como un movimiento ligado al graffiti nos decía, a pesar de que si hubiera algunas personas que compartieran ambos gustos. Por eso reflexionaba acerca de la malinterpretación que habían seguido algunas películas del género. Incluso se mostraba crítico al especular sobre la posibilidad de que posteriormente se creara el movimiento hip hop que ligaba rap y graffiti como una especie de estrategia de marketing para llegar a más gente. Aún concibiendo esta opción, no quita que ambas culturas tuvieran orígenes y causas semejantes y que estuvieran condenadas a acabar entendiéndose tarde o temprano.

Para finalizar, preguntábamos a Kell cómo alguien que ha manejado tanta pintura, que ha estado en tantos andenes, que se ha manchado tanto, aparecía hoy en una exposición vestido de traje y con una apariencia más de empresario que de graffitero. Entre sonrisas nos decía que al final ellos, de una manera o de otra, también se han sentido artistas, y que las exposiciones de su trabajo o de cualquier otra creación artística son una evolución de su persona. Lo raro sería estancarse, el cuerpo te pide avanzar, salir de lo de siempre. Sino que se lo digan a Kase.O al sacar El Círculo. A pesar de eso, no olvidaba mencionar que aún suele salir varias veces al año a pintar como en los viejos tiempos, y que, por supuesto tocaría dejar su marca aquí, aprovechando que había venido a Madrid. Riendo comentaba que escuchaba ofertas.

Una experiencia increíble poder conocer de la mano de uno de los partícipes de esos años dorados los inicios de esta cultura que nos ha llegado hoy en forma de una de nuestras pasiones actuales. Como cierre, quisimos saber cuánto de verdad creía el propio Kell que había en la afirmación “Si es legal, no es graffiti”. Se despidió dejándonos un “hay gran parte de razón en esa frase”.

(Aquí vemos las dos partes de la exposición, abajo los vagones a escala real y las paredes llenas de más modelos de vagones. Arriba la muestra fotográfica)

Reportaje por Carlos Gónzalez Cañas (@Carlosgl_14) 

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