Raggio y su nuevo disco traído del cosmos

Space Dealers llega y golpea con un cabezazo seco que lejos de asustar ilusiona al ver lo que es hoy y lo que puede llegar a ser el rap espacial andaluz  
Álex Blasco Gamero (@JaloBG)

1989, año chino de la serpiente –dato random–, los escritores estadounidenses David Foster Wallace –autor del más que recomendado La broma infinita– y Mark Costello, antiguos compañeros de piso durante sus años universitarios, publicaron Ilustres raperos: El rap explicado a los blancos. Un libro de análisis contextual del nacimiento y temática del hip hop en EE.UU. Un estudio dirigido a la gente de pelas, a los acomodados y los blancos estadounidenses, que nos cuenta el sentido social que tenía el rap desde su día uno hasta finales de los 80 con la meta de hacer entender a esas clases/grupos yanquis, que tildaban como movimiento criminal a estos artistas, su relación con la realidad, el sentido “antropológico” de la cosa.

Una de las conclusiones del libro es que el valor del rap es que los artistas cantan directamente sobre lo que conocen y les rodea, sin preámbulos, en un sentido sociopolítico del “tú eres tú y tus circunstancias”, como diría el Ortega bueno –el y Gasset, no el Smith, ese no es bueno, de ese no hablaremos que tampoco es que nos apasione el café de Plaza Castilla–. Si cantaban sobre el odio a la policía es porque habían sufrido los abusos de esta. Si cantaban sobre drogas es porque vivían en un mundo dominado, en cierta manera, por estas. Si cantaban sobre su ego era porque se rechazaba su valía y su grupo social. Si cantaban sobre la violencia era porque esta era real en su día a día. Su contenido tenía un sentido que para la gente que no comprendía/conocía esos contextos sociales hacía, y hace, parecer a muchos del mundo del hip hop criminales. Una confusión entre mostrar y fomentar.

Terminado el cuento chino de introducción vayamos al grano. Raggio nos ha traído una perlita en forma de álbum: Speace Dealers, una tarta bien concentrada de ocho porciones. Un primer disco que baja directamente desde la nave nodriza de Space Hammu, el colectivo nacido en 2015 como necesidad de autogestión audiovisual y que hoy puede que sea el más hipertrofiado del panorama nacional. Puro músculo del rap patrio –que poco me gusta este palabro– que extrañamente nos ha hecho volver de una forma “renovada” al rap más de barrio estadounidense de los 80/90. Un cambio de localización y tiempo que lejos del típico comentario de la gente externa al rap de “¿escuchas rap? ¿Qué te crees un negro del Bronx?” muestra con claridad la adaptabilidad del género al contexto actual, un mundo globalizado en el cual los problemas urbanos son compartido por las clases desfavorecidas y en el que el rap es el altavoz.

Raggio
Raggio en el concierto de Grimey. Foto: Iván Guerrero

Raggio nos trae un disco “oscuro”, en cierta medida melancólico, de aterrizaje estabilizado de la nave Space Hammu. Una obra del “bloque a la plaza” que deja claro de qué va esto del rap: de su vida, de los que le rodean y de lo que siente, lo que le preocupa. Parece tontería, pero al final uno de los valores de nuestro género es su autoría, su humanidad, y que en este caso venga acompañado de gente como Jmoods, Saske o Hookage, entre otros, ayuda a comprender las preocupaciones de cada uno, de cómo no todo son escenarios, alcohol y pasta, y sí como se valora a la gente que a uno le rodea y uno lo recuerda. Dando paso desde su infancia hasta sus cercanos de la industria musical actual, hostias y zancadillas incluidas, Raggio nos ha dejado un disco que necesita una primera escucha sentado –esta puede ser jodida– pero que deja claro el nivel de este genio y un regusto a lo gordo que puede ser el futuro.

 “Yo hago esta música/ de todo lo que me representa/ de todo lo que me da”.

Nacimos como entretenimiento y crecimos como necesidad de gritar. Pasen y disfruten de Raggio.

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